sábado, 15 de febrero de 2014

de todas tus primaveras...

En qué momento exacto me enamoré de ti es algo que no sé, pero sospecho que tuvo que ver aquél en que me miraste por primera vez y sonreíste como tú sabes. O ése en que te tuve delante con el sol en tus mejillas y en los pelillos más claros de tu barba, y me di cuenta de que a la luz tus ojos eran más verdes que miel en algunas zonas y más miel que verdes en otras; que tenías un girasol dibujado en el iris y que yo podía perderme en él para siempre. 

Tal vez fueron todas tus simpatías de niño borde y descarado, o lo mayor que te sentía, o lo imposible, o lo cercano. Tal vez fue cuando entendí que era a mí a quien querías, y que todo aquéllo era mucho más que un juego.

O aquellas tardes, intentando estudiar con tus ojos clavados en mis manos y tu codo insistente pegado al mío. Sé que fue en uno de esos roces cuando entendí que no te ibas a rendir y empecé a rendirme yo, sólo un poco.

Tal vez fue en un de aquellos primeros paseos, el uno al lado del otro, creando sin darnos cuenta los primeros trazos de éste que ahora es nuestro mundo; o en aquellos primeros silencios; o en nuestro primer beso. Tal vez me enamoré de ti aquella noche que viniste a buscarme a pesar de que yo hubiese dedicado días enteros a renegar de mis sentimientos y jurar que "con él, yo, nada de nada"; y al final me dejé encontrar loca por ti y permití que entraras en mi vida.

O tal vez aquel primer verano de mañanas al sol y noches interminables en que comprendí lo poco que necesitaba para ser feliz: tú, yo y una toalla en la que tumbarnos a mirar pasar el tiempo.

Quizá fue cuando mi vida empezó a dar vueltas a base de lágrimas y tormenta, y vinieron los malos momentos y tú, en lugar de huir, te quedaste. 

O puede que me enamorara al verte llegar a esa meta que yo persigo, y cumplir todos esos sueños que compartimos. Yo te vi alcanzar el final del camino y detenerte ahí, cuatro años de más, con los brazos abiertos y esperándome. Tal vez sea eso lo que me hace quererte tanto: la promesa de una vida juntos, sea cual sea el final, perfecta si estamos juntos.

El caso es que estoy enamorada de lo que en estos veintiocho años ha hecho la vida de ti: un hombre íntegro, trabajador y generoso. Uno que nos quiere, a los suyos, como lo haría un niño que aún no ha visto el mal: sin reservas. Yo estoy enamorada de tus ojitos, de cómo sonríen a mi felicidad y cómo entristecen con mi sufrimiento; de todo lo que dicen cuando tú no encuentras las palabras. Estoy enamorada de tus silencios, de tu manera de ignorarme cuando grito, de cómo con un gesto me haces saber que a ti te lo puedo contar todo. Estoy enamorada de cómo me miras tan atento cuando te leo en voz alta algo que he escrito, y me haces sentir como si nadie más pudiera haberlo hecho. Enamorada de nosotros y todos nuestros recuerdos, de todos los momentos juntos, del segundo en que me di cuenta de todo lo que podíamos ser.

Poco puedo decir hoy que no te haya dicho ya. Que te quiero, que gracias, que te quedes siempre que yo también lo haré. Muchos más años a tu lado es lo que deseo hoy.


Felicidades Burgos.




domingo, 9 de febrero de 2014

Sin ti yo no.






No quiero, si no estás no quiero. Que no, que sin ti no.

No quiero cenas, ni quiero rosas. Ni fiestas, ni amigos, ni muestras de amor. 
No quiero mojarme en la lluvia, ni bailar con el viento, ni playa, ni días de sol.
Que no quiero. Que no, que sin ti no soy yo.

Que vengas y me revuelvas la vida, que me desordenes el alma, que sé que sabes. Que nos perdamos, que huyamos los dos.

Que tengo las noches llenas de insomnio y sueños, y una canción siempre preparada por si vienes a por mí.

Que no esperes, que no planees, que no necesitas nada. Que si es contigo va a salir bien. Que tú eres yo y yo soy tú, y los dos somos magia, y cada vez más.

Que todo lo que quiero lo quiero contigo, y sin ti no. Que no. Que te quedes conmigo, que sólo contigo soy yo.



sábado, 8 de febrero de 2014

Buenos días, Sábado.

Hay días en los que el sol brilla sobre nuestras cabezas, o se cuela por las cortinas de nuestra habitación y lo empapa todo de luz y color. Días que están ahí para que salgas a brillar, y te calientes con él. Días de ver niños en el parque, de cervezas y tapas en la calle, días de pasear, días para salir a correr.

Pero hoy no. Hoy el cielo está gris oscuro, y parece que va a llover. Hoy no es día de salir de la cama, hoy me quedo en casa con él.

Hoy hace día de soñar despiertos, de comernos a besos, de gastarnos la piel. Hace día de ponernos una sonrisa, de ignorar al frío y calentarnos los pies.

Hoy es un día de ésos. DE ÉSOS. Días en los que no hay que buscar nada fuera, si tienes hogar y tienes café. Un día de mantas y cojines por el suelo, de manos que se buscan, de cabezas que descansan en el hombro del otro. Un día de apagar los teléfonos, de cerrar los ojos y escuchar llover.



martes, 4 de febrero de 2014

Vivid lo más.



Ayer estuve tres horas allí, de pie, mirándolo en silencio y queriéndoselo decir todo, TODO, y en cambio no. No despegué los labios, y ahora estoy aquí, cobarde, para escribir lo que sentí y no pude explicar.

Tenía los párpados caídos, los ojos cerrados, presa de un sueño que se le había impuesto por su bien y a su pesar. Y en la piel de la frente, y junto a la boca y la barbilla, sólo las arrugas que llevan ahí tanto tiempo que han decidido ya no dejar nunca de ser. Que se han ganado ese derecho, de revelar un poco su edad. Pero ninguna que mostrara tensión o dolor, ninguna más. Ese hombre dormía con una languidez y una relajación tan extremas, que estaba lejos de cualquier tipo de coherencia. Sobre la mesa del quirófano, desprovisto de ropa y de consciencia, con la barriga abierta en canal. Totalmente ajeno a esas manos que manipulaban sus órganos, sumergido en ese sueño que imaginé placentero.

- ¿Qué le pasa?- me atreví a preguntar.
- Se trata de una masa tumoral, mira, puedes palparla aquí, en el recto.

Y de verdad, fueron necesarios esfuerzos de todo tipo para evitar, a toda costa, una carcajada tras mi mascarilla. Una de ironía y de rabia, de impotencia y frustración. Volví a mirar a ese paciente, y de repente, dejó de serlo sin más. Ya no estaba frente a un caso interesante, ni ante un enfermo que curar. Lo que tenía frente a mí era una persona, una persona viva (y tan viva, que yo misma pude verlo latir en su interior).

Imaginé en pocos segundos su vida, imágenes inventadas que por un momento creí reales. Una mujer, unos hijos. Amigos, aficiones y pasiones, libros que habría leído, películas que le quedaban por ver. Y quise gritar, allí mismo:

VIVA. Viva después de ésta y búrlese de esa maldita enfermedad que ni siquiera voy a nombrar. Viva y agárrese a la vida, con fuerza, con valentía, sin razón. No piense demasiado. Cuando despierte, olvide que estuvo aquí. Y salte obstáculos y tratamientos, ignore las consecuencias y los riesgos. Viva, viva y sea feliz. 
Debe ser ejemplo para muchos que van a sufrir igual. Enseñe, muéstrenos a todos que el destino lo elegimos nosotros, y que la vida siempre es la mejor opción. 

Y todos vosotros, los demás. Enfermeras y cirujanos, anestesista, lectores que ahora dedican un tiempo a mis palabras: VIVID TAMBIÉN. Al margen de las modas y las nuevas reglas, al margen de toda presión. Vivid y aprovechad cada oportunidad.
Que cada día merezca la pena, que cada segundo sea una batalla librada en nombre de vuestra felicidad. No os convirtáis nunca, NUNCA, en personas grises. Saboread.
El amargor de un buen café, el queso derretido de una pizza, la ternura de un beso y la fuerza de los abrazos más deseados. Compadeceos de aquéllos que no se apasionan, que aman a medias, que no ríen nunca ni se atreven a soñar. Llorad cuando estéis tristes y quered siempre de más. 
No pidáis en un bar cerveza sin alcohol, no os privéis de un helado en pleno mes de Enero, ni renunciés a la nata en las tortitas para desayunar.
Sed vosotros mismos, concedeos caprichos, buscad la verdad.

VIVID, vivid lo más. Y si algún día llega, si os anuncian el final, seguid, luchad.

domingo, 2 de febrero de 2014

Pero llegó ella.




Tenía que ser rubia. Tenía que ser rubia y muy alta, tener las piernas interminables y la piel más suave del mundo. Los ojos azules, los labios rosa palo. Tenía que ser perfecta.

Tenía que gustarle leer, y conocer el nombre de todos sus autores preferidos. Y tenía que ser inteligente, tener un futuro, ser digna de la vida que él había planeado. Tenía que gustar a todos, y encajar en su mundo como si hubiese sido creada para entrar en él. Y tenía que desear estar allí, colgada de su brazo. 
Tenía que ser dulce, y a la vez trasmitir seguridad. Eran necesarios los modales. Tenía que vestir bien. Tenía que ser adecuada. 

Pero llegó ella, entre la tormenta y la búsqueda, con el pelo empapado y pegado en la cara. Ella, tan absolutamente poco apropiada. 


Llegaron ella y su olor a lluvia y a libertad, a casa y a leña, a libros que encierran secretos, a tierra mojada. Ella, y su melena oscura bailando con el gris del cielo y ondeando al son del viento y de su respiración enamorada. Ella y su nariz de bruja, y sus pecas de hada. Y su sonrisa, con todas esas historias blancas por contar, como si no tuviesen fin, como si hubiese vivido durante siglos que no han durado nada. Ella y su inocencia, y sus miradas ingenuas que escondían a saber cuántos trucos tras las pestañas aladas.


Ella. Ella que era a ratos la tranquilidad de un atardecer, y al mismo tiempo una ciudad ardiendo. Ella que no era más que un par de vaqueros desgastados, y unos pies descalzos que bailan en la hierba. Una canción, un verano entero, una sola mirada. 


Ella que comía pizza al llegar a casa después de una noche de fiesta, que le enseñó a olvidar los problemas, que cuando los había fumaba despreocupada.Ella y aquella forma de pedirle acortar las distancias, ella y sus camisas por el suelo, su forma de ser mágica y desordenada.

Ella con sus silencios que duran años, capaz de decirlo todo sin necesidad de palabra. Ella cuando sentía, ella cuando vivía, ella cuando suspiraba.

Ella que reía como una loca, que presumía de tanto descaro, justo antes de volverse tímida y cubrirse la cara. Ella que tan facilmemte se sonrojaba. Ella que era fuerte, fuerte, y luego se rompía, y a veces lloraba. Ella que lanzaba miradas que eran un "te necesito" gritado al viento, o el desgarro de un alma silenciada.


Él buscando la perfección, para al fin toparse con ella. Con ella y todas esas manías, desesperantes y desesperadas. Ella que le quitaba el sueño, que le hizo ver que nunca supo nada. Ella que le enseñó quién era con una sonrisa y un par de caladas. Ella que era el verano, las flores de Mayo,  la luz naranja que huele otoño, y una montaña nevada. 


¿Y qué es querer sino darnos cuenta de que nunca supimos todo lo que podíamos sentir? Y destruir planes, desmontar esquemas, y que sólo nos importe la felicidad de quien nos ama.


Qué era el amor, eso no lo sabía. ¿Pero qué podía acercarse más que aquel terremoto en su vida al descubrirla a ella?

Ella y sus "estoy aquí para ti".

Ella y sus "no entiendes nada".

Ella y sus "vive".

Ella y sus "ahora".


Ella, y el olor a café de por las mañanas.


Ella y sus ideas de loca, y sus vergüenzas de niña.


Ella y su ropa tan rara.


Ella vistiéndose con prisa. 


Ella, desastre, siempre tarde.


Ella y su forma de gritar enfadada.


Ella como una fuerza necesaria.


Ella, siempre con ganas.